Divulgación literaria argentina N°10: Kentukis de Samanta Schweblin

La nueva novela de Schweblin es un libro difícil de definir ya que se sitúa entre los grises de la ciencia ficción, la distopía y la ucronía. Pero más allá de las posibles categorizaciones, Kentukis es una obra asombrosa, que, con singularidad, utiliza tecnologías y temas actuales como las apps y las redes sociales para referirse a cuestiones más universales como la soledad, la perversión y los valores familiares.

Kentukis (2018), Samanta Schweblin. Literatura Random House, 224 págs. 

Son pocas las novedades literarias que me ponen ansioso, a la expectativa y en rol de fan. De hecho, si tengo que enumerar, sólo son los nuevos textos de Jonathan Franzen, Michel Houellebecq y también los de Samanta Schweblin los que me hacen correr a la librería en búsqueda de ese placer seguro —aunque todavía desconocido— que reservan sus páginas.

Y es extraño. Porque cada vez que buceo en la literatura siento como si la misma fuese un océano de cosas del pasado y nunca del presente —más allá de que ahora escriba sobre obras contemporáneas—. Pero, por suerte, y de vez en cuando, aparecen textos que me recuerdan que la literatura no es sólo lo que está escrito, sino también —y muy importante— lo que está escribiéndose o por escribirse.

Kentukis (Literatura Random House) de Samanta Schweblin es un libro difícil de definir ya que se sitúa entre los grises de la ciencia ficción, la distopía y la ucronía. Y si me viese forzado a caracterizarla debería recurrir —no sin humor— a nuevas categorías inventadas como: ciencia ficción del presente, o ucronía reciente tecnológica, o hasta una distopía no tan trágica.

Lo cierto es que Kentukis, más allá de las posibles definiciones, es una novela asombrosa. Utiliza tecnologías y temas actuales como las apps y las redes sociales para referirse a cuestiones más universales —históricamente— como la soledad, la perversión y los valores familiares.

Enfocándome en la trama: los kentukis son peluches/mascotas que conectan personas que quieren ser kentukis (los ojos son cámaras y los oídos son micrófonos controlados a través de una computadora) con personas que quieren tener un kentuki en su casa. Y alrededor de ellos se tejen diferentes historias de personajes de todas partes del mundo. O, en otras palabras, podríamos decir que la autora —haciendo valer su esencia cuentista— arma su novela con varios y diferentes relatos, pero interconectados siempre por un mundo en común: el mundo de los kentukis.

Y Schweblin —como particularidad— revela esta información demasiado rápido, en los primeros capítulos, a diferencia de su otra novela Distancia de rescate en la que la información importante es mantenida hasta el final como un misterio. Demuestra, en pocas páginas, que es una autora original y, al mismo tiempo, se pone así misma un reto: mantener nuestro interés con las cartas ya jugadas sobre la mesa.

Y es ahí donde aparece, una vez más, el mérito de la Schweblin narradora. Una autora que —da la sensación— no necesita de grandes historias para hacer grandes novelas, pero que, sin embargo —y he ahí su importancia—, siempre las tiene. Una autora que, en este caso en particular, además, puede ser acusada de brillante por cazar Kentukis: una idea que, sin dudas, andaba suelta y dando vueltas en el aire.

Cierro con una pregunta.

¿Cuánto falta para que Black Mirror compre los derechos de adaptación de esta novela?

1 Comment

  1. Facundo dice:

    El relato, como un drone que corta de manera transversal el tiempo en la novela, es sin duda una novedad.
    Pensé lo mismo en relación a Black Mirror. Pero pensé también que, con el beneficio de la imagen, la serie recortaria esta obra cuyo máximo placer anida en lo oculto y germinal que cada lector tiene de lo que significaría la existencia de kentukis.

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